Una mañana en el mercado de Wucro
Jueves, 7 de junio de 2012 por Fundación Etiopíautopía
por Imanol Apalategui
Las relaciones humanas se materializan en las diferentes expresiones de la vida. Así, según el desarrollo de la comunidad donde se contemplan, las mismas se van modificando de acuerdo con la cobertura de una jerarquía en sus necesidades (alimentación, agua, vivienda, vestido…).
Una de las actividades que podemos observar en los inicios de la vida en comunidad es el comercio, en la antigüedad mediante el trueque (cambiamos lechugas por pollos) y posteriormente mediante el dinero.
Si quisiéramos conocer el nivel de desarrollo de una comunidad solo deberemos acudir a los sitios donde se realizan las actividades comerciales, el mercado, el real, en el que adquirimos productos para cubrir nuestras necesidades, a diferencia del otro actualmente en alza, “los mercados”, donde unos pretenden enriquecerse a cambio de empobrecer a otros.
Hoy jueves (día de mercado en Wukro) 15 de marzo del año 2012 escribo estas notas fuera del bar donde me he parado a tomar un buna (café) por el que me han cobrado 4 birs (1 euro: 22,3 birs). He venido al mercado de Wukro porque Angel Olaran me ha pedido que si iba al hospital me diera una vuelta para ver si los contenedores que ha puesto para la recogida de materia orgánica están llenos o no. En ellos se recogen todos los restos orgánicos del mercado que posteriormente servirán para fabricar el compost que posteriormente utilizarán como abono.
Si paseo por el mercado, veo la zona donde las mujeres (realmente el mercado aquí lo manejan las mujeres), sentadas en cuclillas, bajo un sol de justicia, venden los artículos necesarios para preparar su comida tradicional, la injera. Así vemos las planchas de cerámica hechas de forma tradicional y las tapas que permitirán su cocción. De espaldas a ellas y de cara al murete que rodea el templo de los cristianos ortodoxos, los feligreses realizan sus rezos.
En la misma zona nos encontramos a los vendedores de sal, que es transportada mediante columnas de camellos desde la región Afar, a cientos de kilómetros. La sal es traída en trozos (placas) que se extrae de las zonas que en su momento han sido cubiertas por el mar y que mediante la evaporación han dejado a la luz este bien tan preciado en la mayoría de las culturas.
La pobreza material de Wukro se pone de manifiesto en la venta de productos reciclados de casi todos los materiales que pueden tener diferentes usos. Los bidones metálicos de la supuesta ayuda alimentaria yankee se reciclan en sartenes (más cacitos que sartenes) para tostar el café o para crear las cocinas donde los naturales del país elaboran sus comidas. Nos podemos encontrar de todo en puestos donde es difícil diferenciar los productos que están en venta de lo que podrían ser desperdicios, botellas de plástico de agua embotellada, bidones, sacos de tela que mediante su transformación vienen a tener otros usos a diferencia de nuestra sociedad enriquecida que hacen de este planeta un vertedero que pone en riesgo la supervivencia de las diferentes especies incluida la más animal de todas, la humana.
Si seguimos paseando entre puestos nos encontramos un espacio diáfano donde, bien en montículos de piedra o simplemente directamente sobre plásticos o trozos de tela, las caseras del lugar venidas de los pueblos de alrededor venden sus productos del campo. Muchas de ellas han venido andando decenas de kilómetros llevando sobre sus espaldas o sobre burros los productos que con la bendición de la lluvia han conseguido arrancar a sus tierras.
Y aquí me paro, observando las especias, algunas reconocibles y otras con olores, colores y formas completamente desconocidas para mí. También nos encontraremos con las vendedoras de cebollas, tomates, zanahorias, guindillas (picantes con las que condimentan sus comidas y consiguen burlar el hambre) y otras hortalizas, legumbres y frutas según la época del año. Observo que han desaparecido las niñas, quizás ya madres (es normal que una niña a los 13 años empiece a procrear) que el año pasado nos recibían con sus sonrisas mientras en fila pretendían vender sus higos chumbos.
Me fijo en ellas, las caseras de Wukro, con sus cuerpos ajados por el trabajo a la intemperie y por los muchos hijos que han parido (el índice de fecundidad en Etiopía es de aproximadamente 6 hijos por mujer fértil). Me quedo mirándolas sabiendo que pasaran horas a la espera de compradores porque del pírrico negocio que hagan dependerá la subsistencia de la familia.
En frente de ellas me vienen recuerdos del mercado de mi Ordizia natal, y como no de las caseras de la Brecha con muchas similitudes con las que tengo en frente. Sus manos duras, ásperas por el duro trabajo con la azada, caras curtidas y cansadas por las duras jornadas y una dignidad difícilmente superable en la lucha por la supervivencia.
Este año el mercado está a rebosar, el año pasado llovió suficiente, el año que viene el tiempo lo dirá.
Mi respeto por todas ellas por las de aquí y por las de allí.
