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El rito del café

Hemos encontrado este interesante artículo sobre el rito del café en Etiopía. Esperamos que os guste:

Ceremonia del café, la hospitalidad etíope
El café es sustento, historia y leyenda en Etiopía. Pero también es la expresión de la hospitalidad y el elemento en torno al que se estrechan los lazos sociales y familiares. La ceremonia del café, lenta y determinada por reglas centenarias, es la ocasión para la charla y el modo de agasajar al visitante. Estos son los seis pasos del ritual, según nosotros lo hemos conocido en Addis Abeba.

El lavado. En primer lugar, se lava en una tina el grano sin tostar. Se frota enérgicamente con las manos y se renueva el agua al menos un par de veces. Es el momento de eliminar algún grano malo e impurezas.

El tostado. Mientras se va lavando el café, en un infiernillo metálico en forma de pequeña tolva se va haciendo la brasa. Sobre ella se coloca un platillo casi plano sobre el que, con calma y removiéndolo una y otra vez, el café se va dorando.

Los aromas. En Etiopía el café no es sólo un placer para el sentido del gusto. Los aromas son importantes. Una vez tostado el grano, la anfitriona pasa el platillo humeante ante los invitados para que puedan disfrutar del aroma del café. Además, durante la ceremonia y utilizando brasas de la cocinilla, se queman maderas olorosas, especialmente incienso y sándalo. Sirven para hacer más envolvente el ambiente, pero el origen de esta costumbre está en la capacidad de estos humos para espantar el mosquito de la malaria.

La molienda. Una vez bien tostado, el café se muele a mano. En un pequeño recipiente, como un mortero alto y estrecho, se coloca el grano. Con la precisión que sólo puede dar la experiencia, se golpea con una vara larga y pesada (puede ser una barra metálica) hasta que se consigue un polvo fino.

La infusión. Con el grano tostado y molido, se coloca en una jarra de cuello estrecho y base ancha a la que se añade agua. Se coloca sobre el mismo fogón en el que se tostó el café hasta que hierve.La forma del recipiente y la pericia de quien lo sirve impide que los posos se mezclen con la infusión. El material con el que está hecha la cafetera también influye en el sabor final del café.

El servicio. Servir el café también tiene su ritual. Hay que hacerlo con cuidado para que no suelte posos. Se sirve desde una altura de diez o quince centímetros, bien caliente y normalmente en tazas sin asa. El café se acompaña con palomitas de maíz, una vieja tradición que no debe confundirse con los hábitos introducidos por el cine y la televisión. En otros casos se sirve kolo, que es una mezcla de semillas de cereales tostadas.

La seguridad de Wukro

“Un grupo armado mata a cinco turistas europeos en Etiopía”. La noticia, aparecida el pasado 18 de enero, me resultó chocante para mí, que me traje de allí la impresión de estar en un país seguro. Y podía crear alarma entre quienes no conocen el país pero están interesados en él de una u otra forma. Así que, por supuesto, la leí.
Así me enteré de que el suceso o atentado, como se quiera llamar, tuvo lugar en la región de Afar, al norte de Etiopía. Y más concretamente, en el desierto de Danakil. La noticia decía que “la región de Afar es conocida por ser un refugio de rebeldes, tanto etíopes como eritreos, que suelen cruzar la frontera para entrar en Eritrea. La zona también es frecuentada por grupos de delincuentes”. Por el mapa, descubrí que esta zona limita con el Tigray donde está nuestro Wukro, pero la violencia no salpica hasta allí, según todas las fuentes.
¿Pero qué sucede en Afar? Para empezar, el desierto de Danakil no es el mejor lugar del mundo para vivir. Las temperaturas pueden alcanzar los cincuenta grados. Los afar son pastores que se afilan los dientes con cuchillos, peinan su cabello en tirabuzones y suelen ir armados con grandes cuchillos y fusiles AK47. Ésa es la primera impresión que se suelen llevar los viajeros.
Los afar viven acosados por la sequía, el hambre y el cólera entre Etiopía, Eritrea y Djibuti. Profesan la religión musulmana. El mundo los considera un pueblo violento y atrasado, mientras el gobierno central etíope los margina y se aprovecha de ellos. En Etiopía suman un millón y medio de personas. Viven en chozas de ramas y telas, y practican la mutilación genital femenina.
Una semana después del ataque referido al principio de este post, un “grupo de rebeldes” reivindicó el secuestro de dos turistas alemanes y dos ciudadanos etíopes cometido a la vez que la matanza. El grupo armado se hace llamar Frente Revolucionario Democrático de Afar, y anunció su intención de participar en una “negociación pacífica, a través de los ancianos de la región de Afar”. El objetivo del grupo es la unificación de las tierras ancestrales de las comunidades Afar, dividida entre Etiopía, Eritrea y Djibuti.
Los rebeldes aseguran que abrieron fuego “después de que patrullas etíopes” atacaran a uno de sus convoyes.
No es el primer secuestro de extranjeros en la zona. En 2007, un grupo de turistas europeos fue secuestrado en Afar y entregados casi dos semanas después.
Comentando el crimen al que hacíamos referencia, nuestro presidente Imanol Apalategui señaló en Facebook que también lo es el genocidio programado del hambre que tanto denuncia Ángel Olaran, del que todos los que vivimos en zonas más favorecidas seríamos cómplices. En cualquier caso, sea cual sea nuestra responsabilidad en la desgracia ajena, cuando viajamos fuera preferimos estar seguros, le tenemos aprecio a nuestra vida. La mejor medida de seguridad a largo plazo es mejorar la calidad de vida de los más desfavorecidos, pero a corto está bien saber que tanto el Tigray como Addis Abeba, que visitamos cuando queremos viajar a Wukro, son zonas seguras para los turistas.

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