Esporádicamente nos encontrábamos y me hablaba de Etiopía, de la labor que el hernaniarra Angel Olaran estaba realizando en la misión que tiene en la población de Wukro, al norte. Como siempre, yo me entusiasmaba con la idea de ir allá pero, como siempre, mi escepticismo autoimpuesto por los numerosos excitantes proyectos idos al traste, me hacían no ilusionarme en exceso con la idea de conocer este país de Africa.
Durante varios meses Imanol Apalategi me hablaba de ese viaje a Etiopía, hasta que un día puso fecha al viaje. Ya lo tenía decidido y la cosa iba en serio. Ya tenía los billetes reservados para él, su mujer Lourdes, su hijo, el ciclista cadete Martín Apalategi y para mi hermana Nuria que iba a grabar un documental. Un vuelo de Bilbao a Frankfurt, otro hasta Addis Ababa y otro más hasta Mekele, a 40 kilómetros de Wukro. Le tenía que dar una respuesta y lo hice. De acuerdo, pero no me saques el último vuelo, el recorrido lo haré en bicicleta y solo.
La desesperación de Imanol no tenía límites, intentaba convencerme de todas las maneras que eso era una locura. Me puso en contacto con gente que había estado o estaba en esa zona, con la embajada, hablaba con gente cercana para que me convenciera de desistir. Pude oir de todo en esos días, desde que los niños tiraban piedras, hasta que había muchos bandoleros por el camino, pasando por que las carreteras eran en algún momento intransitables. Cuanto más me decían que no lo hiciera más ganas tenía de hacerlo, no tengo remedio. Al final llegamos a un acuerdo, no me sacaba el último vuelo, pero yo tenía que ir acompañado por un nativo que me acompañara siguiéndome en un coche. Esa persona, que fue acompañado por su hermano para no aburrirse, se volvió a Dais Ababa al tercer día. No aguantaron y se dieron la vuelta, pero me sirvieron para tranquilizar a Imanol.
A partir de ahí, comenzaron los preparativos que, reconozco, no fueron muchos. Reconozco que soy un poco guebón. Pero si me compré un libro, y lo leí, sobre Etiopía y un mapa. Aparecieron los primeros problemas, los kilómetros entre localidades, a menudo, no coincidían entre lo que decía el mapa y lo del libro. El más grave, una referencia entre dos pueblos de 80 kilómetros en el mapa y 140 en el libro. Me podía esperar cualquier cosa. También me pasé muchas horas buscando en internet hoteles, o lo que fuera, en el recorrido, y mirando a traves del google maps las zonas por las que discurría mi camino. Otro error, en el google maps se ve todo plano y la realidad era un contínuo subir y bajar con algún puerto de más de 30 kilómetros… La bicicleta, por medio de Jose Casla, me la regaló Giant. En realidad me la prestó para el viaje, la bicicleta era para el equipo ciclista que tiene Angel Olaran en su misión de Wukro. Ahora mismo, según me dijeron, era la mejor bicicleta de montaña de toda la zona norte de Etiopía.
Poca cosa más, las alforjas, la mochila y una maleta aparte con ropa de ciclismo para el equipo. Los Apalategi llevaron un maletón enorme con material de ciclismo donado por Gurpil para el equipo, y medicinas para la misión. A la vuelta, vine con lo puesto, sin equipaje, pero totalmente lleno.
Facturé la bicicleta desmontada en una caja de cartón y declaré que eran piezas de recambio. Si llego a decir que era una bicicleta tendría que haber pagado una pasta. Incomprensible. Noche en Frankfurt, en un hotel pegado al aeropuerto con el ensordecedor ruido de los aviones pasando a pocos metros por encima de tu cabeza cada cinco minutos. En ese momento pensé si Etiopía sería peor que eso.
Volamos hacia Etiopía y, como siempre me ocurre en los aviones, me quedo dormido y no despierto hasta que estamos llegando a Jartoum, en Sudan. El primer contacto con la nueva realidad. Dos horas en un aeropuerto con baterías antiaéreas a la vista de la ventanilla y como únicos acompañantes, aparcados junto al nuestro, los aviones de la ONU. Llegamos de noche a Addis Ababa, y esa oscuridad nos ayudó a no impresionarnos demasiado al recorrer la ciudad en busca del hotel.
Al día siguiente, después de visitar en el museo nacional de arqueología a la australopitecus afarensis, Lucy, nuestra querida antepasada más antepasada que se conoce, nos dedicamos a montar la bicicleta entre Martín y yo, con la inestimable ayuda de el portero del hotel. Con todo preparado me fui a dormir. Al día siguiente comenzaba mi aventura y quería madrugar para atravesar Addis Ababa antes de que despertara esta enorme, pobre, caótica y bulliciosa ciudad.