El mundo está jodido, de repente, está muy jodido. A primeros de agosto ya se comenzaba a vislumbrar la grave crisis financiera mundial que se está produciendo, pero allá, cuando recorría la carretera que te lleva de Addis Ababa hacía el norte de Etiopía por las montañas, te sumergías en otro mundo. Un mundo en el que la palabra crisis tiene otro significado. Allí ninguna de las acepciones de la palabra crisis empiezan por “cambio brusco” o “mutación importante” o “momento decisivo”, allí es simplemente escasez, carestía. Mientras recorría con mi bicicleta uno de los países más pobres del planeta, tenía la sensación de haber retrocedido en el tiempo varias décadas. Ya se que esto último suena a ya leído, pero es así como lo sentía. En los cerca de ochocientos kilómetros que separan la capital de Etiopía de Wukro, mi destino a setenta kmts de Eritrea, no vi un solo tractor. Hasta el más pequeño trozo de tierra en valles o montañas, susceptible de ser cultivado, estaban surcados por los arados de madera de los que tiraban burros, bueyes o camellos. Tierras labradas y sembradas a la espera de esa lluvia que decide el grado de escasez que se padecerá durante el año.
En algunas zonas pasaba kilómetros y kilómetros rodando con mi bicicleta sin cruzarme con un solo vehículo, iba a decir a motor, pero no, ni con motor ni sin motor. Sólo gente, mucha gente andando por la carretera. A menudo transportando cosas sobre sus espaldas, un pesado arado, madera, ramas de eucaliptos, troncos o fardos. El que tenía un burro era un afortunado y, por lo general, eran las mujeres quienes haciendo con su cuerpo ángulo de noventa grados, cargaban lo más pesado. Al margen de esas zonas de puertos de treinta o cuarenta kilómetros que te acercaban a los cuatromil metros de altura donde podías sentir cierta soledad, en el resto del recorrido no podía parar a cagar, siempre había alguien cerca. Muchos kilómetros los pasaba esquivando animales de todo tipo, grupos de gente que caminaban por la carretera charlando tranquilamente, rebaños de ovejas, burros, camellos, vacas con enormes cuernos… y niños, niños por todas partes. Tengo la impresión de que eso eran caminos que utilizaban para ir de una aldea a otra y que cuando la asfaltaron, no entendieron eso como una mejora para los vehículos, sino que vieron alisar el suelo por donde seguirían andando. Eso sí, todo el mundo saludaba, era agotador, siempre levantando la mano del manillar para saludar a diestro y siniestro con la sonrisa perenne. Ellos hacían lo mismo pero con un atisbo de asombro en sus miradas y, a menudo me gritaban cosas. Lo habitual era un “gueyugoin” que entiendo era un “adonde vas” y yo contestaba que a Mekele, la ciudad más grande cerca de Wukro, mientras seguía pedaleando. Otra cosa que me gritaban mucho, normalmente los niños, era “farenji”. Tiempo después me enteré que quería decir algo así como extranjero, foráneo, y al igual que otras cosas que me decían, de las que nunca supe su significado, yo respondía con una sonrisa y un saludo con la mano. A saber que le dirían al pálido barbilampiño de ropas ajustadas, cargado con una mochila y montado en una bicicleta de ruedas gordas y enormes alforjas. Pues eso, a saber, pero siempre un saludo y buen rollito, por si acaso.
En el primer pueblo donde paré a dormir, los taxis eran rudimentarios carros tirados por un caballo, y las casas, o chabolas, de adobe. La multitud era protagonista, gente andando, parada, comprando, vendiendo. Gente por todas partes con sus típicas túnicas o sus ropas harapientas, pero todos ellos de una belleza apabullante. Por lo general, pobres por fuera pero ricos por dentro. Encontrar un sitio para comer no era sencillo, normalmente era una casa de adobe más en la que te tenías que fijar que tuviera mesas dentro. Si que podías encontrar algún sitio para “farenjis”, donde comían los chinos que construían la carretera, y no era plan. La primera cena de mi recorrido fue un preludio de lo que sería mi alimento de esos días. La socorrida “eljera”, una masa plana de pan blando y ácido, hecha con la harina de un cereal llamado “tif”. Extendido sobre una bandeja, se vertía encima dos cucharadas de trozos de carne guisados y se comía con las manos. Eso y una Pepsi, al cambio, 70 céntimos de euro.
Al principio, el entorno te desasosiega. No hacía más que repetirme que, de repente, el mundo está muy jodido. Pero el compartir mesa y charlas con los etíopes, pasear con algún paisano que te enseñaba orgulloso su pueblo y sentir su vitalidad y alegría te tranquilizaba algo. Al final te habituabas al entorno, llegando a sentirme realmente muy cómodo. Eso sí, yo sabía que al terminar mi trayecto, volvería a mi casa y no estaría pendiente de las lluvias para saber si al año siguiente tendríamos cosecha, con lo que eso supone en un país como Etiopía.